jueves, 26 de febrero de 2009

¿Hay alguien al otro lado?


A veces uno se siente solo. Se tiene algo que
comunicar y no hay nadie al otro lado de la mesa del bar, del sillón de confidente, del banco de la plaza o del hilo telefónico. Y es que el hombre necesita a otra persona con quien confidenciar, a quien llorar, con quien reír. Cuando esto no ocurre, porque este mundo está superpoblado de solitarios, queda el recurso de duplicarse, como en la novela de Saramago -solo se el título, no la he leído- y contarse asimismo lo que le pasa, lo que le duele, lo que le atenaza. Puede hacerlo confidencialmente, de modo que los demás, los extraños, los intrusos no se enteren, aunque vislumbren mil angustias que disipar, mil anhelos que recrear, mil proyectos que soñar y mil desengaños que lamentar. Y la forma de comunicar con ese otro yo, que lo escucha sereno, receptivo, a la medida de nuestra necesidad, es a través de la escritura. Con un poco de suerte, estas líneas indiscretas no saldrá a la luz semipública. Solo están destinadas a mi otro yo mismo. Por eso no entro en detalles

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