martes, 30 de diciembre de 2008

Aguafiestas


Hoy he realizado el último programa de radio de este año. Como todos los martes a las 12 horas me he puesto frente al
micrófono de la modesta emisora (Radiópolis 98.4 Sevilla) y durante una hora he tratado de inculcar a los escuchantes la importancia de evitar el exceso de colesterol malo /LDL) en los alimentos, contenido básicamente en las grasas saturadas, y advertir de que muchas grasas insaturadas, que normalmente tienen colesterol bueno (HDL) se vuelven nocivas cuando se les somete a hidrogenación. Es el caso de muchas margarinas.

Pienso después que es una tarea de aguafiestas decirle a la gente que lo que más consume en Navidad, mariscos, carnes de todo tipo, quesos, exceso de comida en general, va en contra de su salud de manera seria. Cuando hablo con cierta persona sobre el tema, me confirma mi primera impresión
diciéndome que son ganas de fastidiar. Repasando cual sería la dieta ideal, vemos que poco de lo que normalmente se pone en la mesa en estas fechas, que no sean pastas y verduras, es saludable si se consumiera continuamente. Viene a mi mente la palabra mágica: la transgresión.

Algo elemental que aprendí en Antropología es que la transgresión de la norma refuerza esta, ya que por un lado sirve de válvula de escape y por otro, la conciencia de que se está obrando mal hace que se vuelva a ella pasado ese momento especial que
ocasionó la "desviación". Incumplir las normas es, pues, sano para las mismas ya que la excepción confirma la regla. Lo malo es cuando esa excepcionalidad se convierte en lo habitual y la norma no es que se consuma alimentos sanos si no que nos atraquemos de comida basura. Curiosamente con la crisis económica, si no se conocen mínimamente las propiedades alimenticias de los nutrientes, podemos aumentar de peso debido a la peor calidad de ciertos alimentos baratos. El punto crítico está en la comida de la calle, en la comida rápida. Las hamburgeserías son una autentica bomba de relojería para nuestra salud.

Y que hacemos. Primero tratar de recuperar el ejercicio físico cotidiano: escalera, andar y bicicleta, sobre todo para las personas cuya actividad ordinaria es sedentaria o de poco ejercicio físico. Segundo, dieta
mediterránea. Legumbres, arroces, pastas, y muchas verduras y frutas.. y algo de carne, mejor pescado. Tercero, hacer la vida divertida a toda costa, con las pequeñas cosas de cada día, desde contemplar como crece una planta hasta contar chistes, incluyendo el placer que da el cariño, el amor, cada uno sabrá como. Y cuarto... lo que ustedes crean que es mejor, que no tenemos que dárselo todo hecho. ¡Feliz Año!

lunes, 29 de diciembre de 2008

Pasado de moda


Pasado
mañana es Nochevieja y a algún sitio tendré que ir, aun no se a cual, pero eso no viene al caso. Miro mi armario y me doy cuenta que con la pérdida de peso necesito unas tallas más pequeñas. Tengo sin embargo un chaquetón de paño magnífico, recio y suave a la vez, de gran calidad, que me queda aceptablemente bien. Pero presenta un problema. Los hombros tienen unas hombreras tremendas y sin el corte en el hombro -no se como se dice en el argot costureril pero ya me entienden- que lo hace visiblemente pasado de moda. Camino del mayor núcleo comercial de la ciudad -la milla de oro- me fijo y, efectivamente, no veo a nadie que lleve uno así. No me queda más remedio, si no quiero pasar por casi marginado social, que comprarme otro quizás no tan bueno pero con la manga a la moda.

Voy a gastar en una prenda que no me hace falta desde un punto de vista práctico pero si social una pasta que me cuesta bastante esfuerzo obtener, y voy a renunciar a algo a cambio de ello. Ustedes dirán: -Bueno, este
tío que es consecuente y pasa de convencionalismos va a dedicar ese dinero a darse un pequeño viaje, a comprarse unos buenos libros, un equipo de música para deleitarse con los clásicos, o incluso lo va a donar a una ONG. Pues no. He comprado el susodicho chaquetón, eso sí, el más rebajado que tenía la dichosa mangita cortada al hombro.

Vivimos en una sociedad que funciona por y para el
consumo. La moda cumple la función de convertir en obsoleto lo que funcionalmente es útil. La economía necesita que derrochemos recursos, que contaminemos el habitat, que explotemos a la mitad de la población mundial para que viva "dignamente" la otra media. Por eso tenemos que tirar ropa en perfecto uso, para que la cadena siga. Es ridículo.

Se debería aprovechar la crisis para cambiar el modelo económico y social. Fundar la economía en un consumo inteligente, de manera que se produzca solo lo que se necesite, pero para todo el mundo. Estudiar muy bien los nuevos productos que se lanzan al mercado, no cambiar las modas, no ofrecer nuevos artículos hasta que los antiguos no esté amortizados y las ventajas de la nueva tecnología justifique realmente la inversión. Pueden estar seguros que viviríamos igual de felices, o más aún, porque disfrutaríamos más con la literatura, los paseos en el parque o los deportes de equipo que con el último
aparatejo electrónico de usar y tirar y el más reciente y sanguinario de los videojuegos. Y además con la buena conciencia de que toda la población tendría acceso a esos bienes.

Probemos leer, conversar, pasear por las calles, los parques y los senderos, y escuchar música en la radio. Solos o en compañía, sueltos o cogidos de la mano. Y con el chaquetón raído y cargado de historias de siempre. Diseñemos un estilo de vestir que no pase nunca de moda.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Putas y decentes


Hoy he conocido a una mujer de las que los antiguos decían "de bandera". Esta antigua amiga de un colega, de la que ya tenía referencias, ha luchado contra la adversidad con la fuerza que solo puede tener toda una mujer: la muerte tras larga enfermedad de un marido joven, el desplante a un mes de casarse de un novio imbécil -de eso se ha librado- la educación de dos adolescentes, una de ellas especialmente bravía, y la necesidad de sacar adelante la economía familiar trabajando con sus manos. Además, es bonita y su mediana edad no le quita ni un ápice de belleza. Lo mejor, presume de mujer cabal, de las que no se acuestan con el primero que pilla, ni con el segundo, ni con el tercero, porque su honra y su nombre vale más que eso, aunque reconoce que alguna vez no le han faltado ganas, es natural. Le pregunto si conoce a muchas mujeres como ella y me dice que sí, que las hay, porque las otras, las que se acuestan con un hombre a la primera de cambio, son unas putas. Me lo dice con convicción, y la creo.

Hace tiempo que no oigo hablar a una mujer con esa claridad. La de llamar puta a la que se da un revolcón cada vez que se le presenta la oportunidad. Ahora esa expresión resulta casi anacrónica y lo que antes era una puta ahora es una mujer liberada y lo que ahora es estrecha antes una mujer decente. La
palabra decente, lo contrario que puta, también ha quedado pasada de moda. Decente versus puta ya no tiene cabida en este tiempo. Los valores, dicen, han cambiado. Los individuos se han quitado el corsé de la represión, parece ser. ¡Que jodido! cuando era joven me tocó reprimirme y ahora que trato de funcionar con principios, resulta que tengo que desinhivirme.

Probablemente hablo como un carca. Como un hombre que vive en esta época , tendría que parecerme normal esa actitud. Presiento que me va a costar acostumbrarme a estos usos, aunque se supone que por mi formación debería ser tolerante y acorde con una mentalidad abierta y progresista. Pues en otras cosas sí que lo soy, pero en esta no. Prefiero mil veces una mujer estrecha y decente que liberada y puta. Perdón por el tono machista y
posiblemente trasnochado que ha adquirido el texto. Tampoco me gustan los tíos que van de sementales indiscriminados, o discriminadores, me da igual. Me parecen igual de golfos y banales. Sigo aferrado al sexo como sustancia física del amor. Ridículo, ya lo se, pero de momento, dejémoslo así.

Me ha encantado esa mujer. Me da esperanza saber que no es la única. ¡Ojalá que le vaya bonito!



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sábado, 27 de diciembre de 2008

Observar y asombrarse



Observar y reflexionar al hilo de la observación es un ejercicio tan productivo como placentero, más si se plasma en unas letras aunque estas casi no las lea ni uno mismo. Escribir ayuda a fijar el pensamiento y a madurarlo, porque es como un espejo mínimo que refleja algo
veladamente lo que se tiene dentro y permite contemplarse con alguna distancia, al menos la que hay desde el papel (informático) a la retina. Cuarenta centímetros parecen poco, pero muchas veces es suficiente para detectar algunos errores de bulto o poner en pie ciertas ideas enmarañadas.

Dos formas operativas que tengo de escribir son por un lado, la carta (ahora mensaje cibernético) donde, según quien sea el interlocutor, se pueden mostrar incluso la
vísceras con vapores y todo, y el blog, donde debe imperar cierto decoro en los temas. No soy un ejemplo de lo que digo pues con frecuencia he utilizado este medio público (que es seguido por un grupo selectísimo de lectores) como desahogo de lo íntimo, cuando esta dimensión era un hervidero de sentimientos al que había que dar cauce. Pero, pasada ya en parte la etapa de "terapia de grupo", conviene redirigir la mirada a la interpretación de lo que nos ofrece de interés el mundo que nos rodea.

Escribo en mi estudio desde una ventana que da a una
placita de barrio viejo, sencilla pero con gracia. La ocupan por turno los viejos de los pisos que la conforman y los chicos venidos de otras partes, que han encontrado un refugio para sus botellonas, porretes y arrumacos, sin que lleguen a constituir un problemas a los primeros. Omnipresentes, las palomas conviven con unos y otros. Lastima que no coincidan en el tiempo, que se eviten mutuamente. Sería un espacio idóneo para encontrarse y poner sobre el tapete saberes de siempre con ideas frescas. Parece impensable, a pesar de que hay más en común de lo que parece pues sorprende ver que los chicos mantienen algunos principios, a veces prejuicios, propios de su abuelos y que estos no son ajenos a los cambios de los tiempos. Se tiene la imagen de que las personas se estancan en un momento concreto de la vida y su pensamiento se vuelve ya inalterable. No es así. Todos hemos visto como unos padres tradicionales no han consentido que su primera hija se fuera a vivir con su novio hasta que no se casara, ni siquiera les parecía bien que viajasen juntos, y los mismos, años después, animan a la pequeña a que pruebe a convivir con su compañero antes de comprometerse por escrito.

La idea de compromiso pierde ya su sentido sagrado de hasta ahora. Antes, la ruptura matrimonial se planteaba como un fracaso del vínculo que por naturaleza habría de terminar con la desaparición física de uno de los
cónyuge. Ahora se plantea como casi excepcional que se mantenga más allá de la edad en que los hijos comunes se hacen auntosuficientes. Se ve como natural que los individuos se den como otra oportunidad para descubrir a otras posibles parejas, tener otras vivencias. Me parece bien, pero sigo pensando que es más interesante redescubrir al de siempre, acompañarlo en su crecimiento y admirar las nuevas facetas que desarrolla, asombrarse con el descubrimiento de sus rincones ocultos, siempre los hay. Para eso hace falta inteligencia y capacidad de asombro. Hay que seguir asombrándose. Los que mantenemos intacta la curiosidad y la capacidad de asombro no seremos nunca viejos por muchos años que cumplamos.