Observar y reflexionar al hilo de la observación es un ejercicio tan productivo como placentero, más si se plasma en unas letras aunque estas casi no las lea ni uno mismo. Escribir ayuda a fijar el pensamiento y a madurarlo, porque es como un espejo mínimo que refleja algo veladamente lo que se tiene dentro y permite contemplarse con alguna distancia, al menos la que hay desde el papel (informático) a la retina. Cuarenta centímetros parecen poco, pero muchas veces es suficiente para detectar algunos errores de bulto o poner en pie ciertas ideas enmarañadas.
Dos formas operativas que tengo de escribir son por un lado, la carta (ahora mensaje cibernético) donde, según quien sea el interlocutor, se pueden mostrar incluso la vísceras con vapores y todo, y el blog, donde debe imperar cierto decoro en los temas. No soy un ejemplo de lo que digo pues con frecuencia he utilizado este medio público (que es seguido por un grupo selectísimo de lectores) como desahogo de lo íntimo, cuando esta dimensión era un hervidero de sentimientos al que había que dar cauce. Pero, pasada ya en parte la etapa de "terapia de grupo", conviene redirigir la mirada a la interpretación de lo que nos ofrece de interés el mundo que nos rodea.
Escribo en mi estudio desde una ventana que da a una placita de barrio viejo, sencilla pero con gracia. La ocupan por turno los viejos de los pisos que la conforman y los chicos venidos de otras partes, que han encontrado un refugio para sus botellonas, porretes y arrumacos, sin que lleguen a constituir un problemas a los primeros. Omnipresentes, las palomas conviven con unos y otros. Lastima que no coincidan en el tiempo, que se eviten mutuamente. Sería un espacio idóneo para encontrarse y poner sobre el tapete saberes de siempre con ideas frescas. Parece impensable, a pesar de que hay más en común de lo que parece pues sorprende ver que los chicos mantienen algunos principios, a veces prejuicios, propios de su abuelos y que estos no son ajenos a los cambios de los tiempos. Se tiene la imagen de que las personas se estancan en un momento concreto de la vida y su pensamiento se vuelve ya inalterable. No es así. Todos hemos visto como unos padres tradicionales no han consentido que su primera hija se fuera a vivir con su novio hasta que no se casara, ni siquiera les parecía bien que viajasen juntos, y los mismos, años después, animan a la pequeña a que pruebe a convivir con su compañero antes de comprometerse por escrito.
La idea de compromiso pierde ya su sentido sagrado de hasta ahora. Antes, la ruptura matrimonial se planteaba como un fracaso del vínculo que por naturaleza habría de terminar con la desaparición física de uno de los cónyuge. Ahora se plantea como casi excepcional que se mantenga más allá de la edad en que los hijos comunes se hacen auntosuficientes. Se ve como natural que los individuos se den como otra oportunidad para descubrir a otras posibles parejas, tener otras vivencias. Me parece bien, pero sigo pensando que es más interesante redescubrir al de siempre, acompañarlo en su crecimiento y admirar las nuevas facetas que desarrolla, asombrarse con el descubrimiento de sus rincones ocultos, siempre los hay. Para eso hace falta inteligencia y capacidad de asombro. Hay que seguir asombrándose. Los que mantenemos intacta la curiosidad y la capacidad de asombro no seremos nunca viejos por muchos años que cumplamos.
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