Las noticias o las informaciones de prensa parecen hechas para oponerse y contradecirse. Por un lado, en alguna página de salud se analiza el problema de la obesidad, primero la infantil y luego la adulta, que se relaciona con la dieta hipercalórica, el uso del alimento como placer y como ansiolítico, y el sedentarismo propio de la desaparición de los juegos tradicionales en los niños y de los trabajos de esfuerzo físico en los adultos. Por otro lado aparecen las cifras del hambre, que crecen a la par que la explosión demográfica: casi mil millones de personas, setenta millones más que el año pasado, no tienen comida suficiente, llegando gran parte de ellos a la pobreza extrema y a la muerte prematura por enfermedades relacionadas con la desnutrición, cuando no directamente por la inanición. Esta situación se suele aderezar con el consumo de agua de muy mala calidad, contaminada tanto por detritus humanos como por fertilizantes o pesticidas, y una vida angustiada por la incertidumbre del porvenir inmediato. Y como fondo de este cuadro, la miseria, la explotación, las enfermedades endémicas y todo lo negro y tétrico que podamos pintar.
Hacer un comentario ingenioso, inteligente, esperanzador, optimista de este estado de cosas, que anime a tener una actitud positiva y a la búsqueda de soluciones, es posible, pero ahora no me sale. La dificultad no está en el problema descrito sino que soy muy mal escritor, pues de lo contrario surgiría una chispa que daría un tono amable a esta realidad.
Me acuerdo de los tebeos de Carpanta, aquel fámulo,de aspecto burgués venido a nada de nuestra posguerra, si bien se prolongó hasta mi infancia, cuya hambre canina se veía siempre insatisfecha –comer se frustraba en el último momento- y que soñaba con capones asados, pucheros humeantes y cestas cargadas de viandas varias.
Se me ocurre crear un émulo de nuestro Carpanta, aunque quizás caracterizado de etíope, negrito zumbón, que, arrastrando su cuerpo famélico, se le vayan sus ojos saltones detrás de un cesto rebosante de mandioca, de un guisado de mijo o, mejor aún, de un buen puñado de saltamontes –chapolines- fritos. No se como se dirá “quiero comer” en suahili, habría que buscar un traductor nativo, pero “ñam, ñam” debe ser universal. Quizás los caquécticos etíopes que leyesen estas viñetas no coman ese día, pero se reirían hasta de su sombra de alambre. Es cuestión de imaginación y buen humor.
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