miércoles, 7 de enero de 2009

Tiempo, razón y sentimientos


La vuelta a la actividad normal, al ritmo que se tenía antes de empezar las vacaciones, tiene un denominador común. La sensación de que el tiempo ha pasado muy deprisa. Posiblemente la idea de tiempo, de su transcurso, uso, aprovechamiento, sea el concepto que más páginas de filosofía a motivado. En nuestra sociedad, el tiempo va asociado a la acción: qué ha pasado, qué he hecho en este tiempo. En otras culturas, quizás vaya más ligado a la vivencia, la contemplación y la reflexión: cómo me he sentido, qué he aprendido, cómo soy ahora... Como en tantas cuestiones de nuestra vida, la doble visión (reflexiva y resolutiva) del tiempo es la mejor para nosotros, otra cosa es lograr ese equilibrio.

Cuando uno se enfrenta en el papel al análisis de cualquier cuestión, hay una tendencia a que el argumento se acerque a lo racional, de modo que se parezca a un clásico libro de autoayuda. Aparecen esas propuestas o ideas maravillosas si las aplicamos realmente. Pero, como dice mi amigo psicoanalista, el ser humano no es solo cerebro, es también deseo, emoción e impulso, que no siempre se puede dominar desde la racionalidad. De hecho, la psicología se enfoca desde distinta manera teniendo en cuenta esa realidad. Los que nos movemos en el mundo universitario tenemos tendencia, deformación profesional, a sobreestimar la capacidad intelectual y nos olvidamos de los deseos y los instintos, como algo de más baja calidad, propio de voluntades débiles. Pero llegado el momento de la verdad, lo visceral ocupa su sitio en la acción, de igual a igual con la razón.

Ambas cuestiones, el tiempo y la dicotomía entre sentimiento y racionalidad, se nos plantean en sus múltiples formas cuando se han resuelto las necesidades biológicas más primarias.

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