La Nochevieja, que ahora se llama Fin de Año, no se si será cosa de la globalización, está llena de mitos. El más típico es que tenemos que vestir una prenda interior roja. Podría ser una camiseta de tirantas o un corpiño, pero normalmente se refiera a unos calzoncillos (ahora eslip) o a unas bragitas (ahora tanga). La segunda es que hay que divertirse de manera exagerada, lo que implica estar ingenioso, atrevido, exultante, eufórico... Y si no te sale al natural hay que atiborrarse de alcoholes varios, a ser posibles bien mezclados: cerveza de entrada, vino blanco para la sopa o el pescado, tinto para la carne, cava para los postres, digestivo luego y guisquis, ginebras o ron para el resto de la velada. Si eres fumador, no es mi caso, tabaco hasta someter a la cámara de gas a todos los presentes y si eres alternativo, algún porro o equivalente. Si no eres alternativo pero vas de glamuroso, puede que aparezca una ralla o un grabado de Goya entero. La música al cuádruple de los decibelios tolerables. Y después de todo eso, se espera que la cosa termine en lujuria y perversión.
Uno de los momentos más felices de la Nochevieja, ahora Fin de año, es el chocolatito con churros por la mañana, en la churrería de guardia (en Sevilla es tradición) y el otro, cuando, con el sol ya casi alto, se mete uno en la cama sin pijama y sin pretensiones, que hace falta reponerse para que las hormonas vuelvan a circular con eficicencia.
A veces, con un poco de suerte, la Nochevieja transcurre en grata compañía, con música melodiosa, tomando solo el alcohol que apetece -cava, poquito a poco, atenuado con unos bombones de chocolate- y divirtiéndose de forma menos estridente y más gratificante. Entonces la noche puede terminar como empezó: muy bien. Puede que haya soluciones intermedias, pero en este tiempo de extremos se toman por mediocres. Ellos se lo pierden.
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